Hace un par de semanas atrás, sentada en la peluquería (nada dramático, el típico corte de puntas) durante
la muy normal conversación peluquera y cliente –la cual debo decir que fue muy
agradable pues era una española sumamente simpática- entre pregunta y pregunta
surgió el tema de que estudio en Santiago y que casi me encuentro viviendo
allá. Para aquel que no sabe, yo soy originaria de Rancagua y considero que ahí
es donde está mi casa, y es por esto que se sorprendió cuando al preguntarme
sobre si me gustaba o no Santiago, mi respuesta fuera positiva. Por lo general,
los rancagüinos tienen una muy mala opinión de Santiago, se refieren a la
ciudad como “Santiasco” y declaran en todas las redes sociales lo mucho que
quieren salir de ahí y volver a su ciudad lo antes posible. Ahora claro, las
ganas de querer volver a la ciudad propia son algo común entre los estudiantes
que salen de sus ciudades para ir a estudiar, pero por lo menos en mi caso
nunca me ha tocado escuchar que se refieran a otra ciudad de esa manera
despectiva.
Siempre me ha gustado mucho Rancagua, y hasta hace un tiempo
atrás era una fanática absoluta. La primera vez que estuve en Santiago lo detesté
por completo y no encontraba el minuto de devolverme a mi hogar. Ahora soy
consciente de que las circunstancias en las que me encontraba en el momento
influyeron mucho en la opinión que me hice de la ciudad en aquel entonces, y
debo decir que ahora pienso totalmente diferente.
Cuando volví a estudiar a Santiago hace unos dos años atrás
me propuse darle otra mirada a la ciudad, pararme de manera diferente a frente
a ella, y si que la veo con otros ojos ahora. Este último par de años mi vida
ha cambiado de manera rotunda, he crecido, he madurado, he aprendido cosas de
mí que no nunca me había imaginado, y fue así en ese proceso de conocerme a mi
misma y aprender a aceptarme, que aprendí a conocer, a aceptar y a querer a
Santiago.
Fue durante las vacaciones de verano del año pasado que lo
decidí; estaba en Rancagua, en mi lugar, cuando de a poco comencé a darme
cuenta que extrañaba Santiago, que la ciudad se había metido debajo de mi piel
poco a poquito, y que me gustaba esa sensación, sentir que la capital también
es mi ciudad, y era ahí donde quería construir mi futuro.
Tengo sueños, grandes sueños, y por mucho que ame Rancagua,
su gente, la facilidad y el corto tiempo para llegar a cualquier lugar, las
calles donde crecí; esta ciudad ha quedado pequeña para mi, pequeña para mis
sueños, para mis ansias para la vida.
Es cierto que el pasado año conocí a una de las personas más
importantes de mi vida, a quien amo con locura, y que coincidentemente vive en
Santiago, y también es cierto que algunos pueden pensar que esta es una de las
razones por las que es allí donde quiero vivir (aunque no me importa mucho lo
que puedan pensar), para mí el hecho de que él viva allí es sólo una señal, una
más de que es allí hacia donde debo avanzar.
Sus calles, sus construcciones, su cultura, sus luces, esa mezcla entre lo antiguo y lo moderno, su historia, todo
está esperando por mí. Espérame Santiago que allá voy.


